8_EnSalsa_HOY_Primavera_2025

ENTREVISTA

do era porque estaba muy malito, no podía ni estar de pie. Ahora es al revés: las mesas llenas y el que está en la barra es el borracho. ¡Lo que ha cambiado la cosa! ¿A qué se debe este cambio? Yo creo que por economía. Se consume menos en las mesas y se nota menos que en la barra, tan cerca del camarero. Ahora entra la gente, se asoma, no hay mesas libres y se van. Y mientras tanto, la barra vacía... ¿Tiene dominado el oficio? No, esto es como lo que dicen los toreros; me moriré y seguiré aprendiendo. Sí es verdad que la experiencia te hace tener la intuición más desarrollada, pero a veces acertamos y otras, no. Dominar no lo domina nadie, el que te diga que sabe, miente, porque das con mucha clase de gente y con muchos estados de humor. A pesar de que la experiencia hace que no te la cuelen, no hay ciencia exacta y a mí todos los días me meten goles. De hecho, me han hecho algunos ‘simpas’ (irse sin pagar) en la terraza. ¿Se considera psicólogo de barra? No, porque digo muchas tonterías a lo largo del día y no tengo que enseñarle nada a nadie. Eso sí, cuando viene alguien tristón, arrimo el hombro para que se vaya contento. Veo a un cliente y, por la cara que trae, sé si le pasa algo. Para mí, la mejor psicología posible es que el cliente se vaya contento a su casa. ¿Qué conversaciones se escuchan en la barra? De todo: política, fútbol… De mujeres ya menos, que está la cosa más delicada. «La mejor psicología posible es que el cliente se vaya contento a su casa»

Julio Rodríguez Maya lleva 58 años, justo los que cuenta ahora, en un bar. Parece imposible, pero sus padres regentaban uno llamado ‘El Suizo’ en su pueblo, Cedillo, y su madre dio a luz en una habitación contigua. Así, mientras nacía una nueva vida, la barra seguía con su trajín, su sonido de vasos chocando y sus con versaciones profundas y banales. Su actual establecimiento, ‘El Rincón de Julio’, que regenta desde 1997 en Cáceres, está presidido por una foto suya con dos años, en ese bar en el que tanto aprendió. «Ahora lo llevan mis sobrinas, pero yo sigo entrando en la barra. Si se va la luz, te sirvo una cerveza hasta con los ojos cerrados», manifiesta sin abandonar la sonrisa socarrona. Su otra pasión, además de su pueblo, es Portugal. En cuanto puede, se escapa a comer bacalao y arroz de marisco «en las tascas más cutres». ¿Toda su vida ha girado en torno a la barra? Sí, la barra es donde mejor se está. Antigua mente, llegaba la gente y había tres o cuatro filas alrededor de la barra. El que estaba senta

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