Muestra LOS CORRECUENTOS I

Aparecieron abuelos jugando con sus nietos, payasos tristes y salmones saltando en grandes ríos y mares infinitos; caballeros buscando coronas, y tesoros piratas con un gran mono legendario a la par que vergonzoso; cavernícolas huyendo de dinosaurios hambrientos, o «Portadores» recorriendo el mundo en unas olimpiadas; ambulancias salvavidas y recogedores muy concienciados; arcoíris con colores de respeto y empatía, minihéroes que recuperan juguetes, gotitas de agua muy valientes y un elfo, Sabidurín, muy inteligente. La visita por zonas asturianas, como siempre, vino acompañada de experiencias precio sas, recuerdos deliciosos y olores brillantes entre valles acolchados, minas con historia, cachopos con premio y culines de sidra recién escanciados. Mientras tanto, una idea apareció entre susurros, discreta, segura de sí misma y con aroma de esperanza. Con el paso de las semanas, el verano se despidió, dando la bienvenida a un nuevo curso que seguro sería especial. Mi teclado de ordenador bailaba, dando vida a leyen das, a tramas imposibles e historias coloreadas de fantasías, con juegos que les daban brillo y vida. En una de esas tardes esa idea gritó, se hizo fuerte, directa, hasta rebelde y con un mensaje se manifestó: «Hola, mi nombre es Daniel Morillas, maestro de EF cántabro y me gustaría hablar contigo para hacerte una propuesta». Y es ahí donde todo cambió. Reconozco que lo hice con pocas esperanzas y ninguna expectativa, pensando que él tenía cosas más importantes en su vida, que atender a lo que solo era un cuaderno desgastado de líneas desacompasadas. Pero el talento no está reñido con la humildad y los valores. Días después ya estaba trabajando de la mano con un grande, con An tonio Méndez Giménez, profesor de profesores, ejemplo de muchos y visionario como pocos. Cada paso, cada avance, cada consejo ha sido para mí un sueño. Compartir este proyecto con una persona tan maravillosa en el plano profesional y aún más en el personal, ha sido un privilegio que nunca olvidaré. Esto aumentó mi energía y motivación. No me podía permitir defraudarle y siempre con el convencimiento de que lo que estábamos haciendo se convertiría en algo importante. No hubo una sola tarde que no me pusiera delante del teclado y rumiara con mis dedos cada letra, cada historia, cada juego y material para hacerlo realidad con mi alumnado. Y ¿sabe qué? Que cada cuento terminaba con sus sonrisas, ¿existe un final mejor?

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